ISRAEL Y LOS PALESTINOS: UN CONFLICTO ANUNCIADO EN LA BIBLIA

jerusalenDesde el huerto del Edén y hasta nuestros días hemos visto cuánta desgracia han traído al hombre la desobediencia a Dios y la falta de confianza en el Creador. Nuestra naturaleza pecaminosa ha hecho que incluso los héroes de la Biblia -excepto Jesús, que es sin pecado- tengan alguna “mancha” en su historial.

Abraham, por ejemplo, fue escogido por Dios para hacer de él una gran nación, el pueblo de Dios, a partir del hijo que le daría de su esposa Sarai, luego llamada por Dios “Sara”, si bien ambos ya eran muy ancianos. Era una cuestión de fe, un desafío a creerle a Dios. Para ello había que esperar en el tiempo establecido por el Eterno, pero ya conocemos la historia narrada en Génesis capítulos 15,16 y 17. La esposa se impacientó al ver que el hijo prometido no llegaba, y le entregó a Abraham su esclava Agar, para que esta le diera un hijo (Ismael). Abraham estuvo de acuerdo, y aquí comenzó un conflicto que ha perdurado por unos 4.000 años, hasta hoy. Todo porque Sara y Abraham no confiaron lo suficiente en Dios; no supieron esperar.

Dios había escogido a la descendencia de Abraham por la línea del hijo legítimo que le daría a través de Sara, su esposa, y que al nacer fue llamado Isaac (Gén. 17: 20-21). El linaje escogido del patriarca no vendría a través de Ismael, el hijo de la esclava, pues el Señor le dijo: “En Isaac te será llamada descendencia” (Génesis 21:12 y Romanos 9:7), ya que el verdadero linaje espiritual al que Dios se refería, vendría a través de Jesucristo, descendiente de Abraham (Mateo 1:1). No obstante, Dios tuvo misericordia de Agar y de su hijo, e hizo de este una gran nación, como prometió a la esclava (Génesis 16:6-12). Los descendientes de Ismael son los pueblos árabes, y los de Isaac son los judíos, ambos, enemigos irreconciliables, y a la vez hermanos en su origen. La desacertada oferta de Sara a su esposo solo ha causado hasta hoy guerras, odio, sufrimiento y muertes a judíos y árabes.

Ahora bien, ¿quiénes son los palestinos? Estos descienden de un pueblo de origen indoeuropeo que salió de Cam, hijo de Noé (Génesis 10: 6 y 14) y que emigró hacia Canaán, conocido como filisteos, de creencias paganas y enemigo de Israel, del cual surgió el nombre de Palestina. Estos se fueron mezclando con la descendencia de Ismael, y los palestinos son hoy un pueblo árabe. Y allí, por mucho tiempo, dos naciones emparentadas en su origen pero de religiones, idiomas y culturas diferentes, se desangran mutuamente por el control de la Tierra Santa.

Sabemos que los descendientes de Jacob (hijo de Isaac) fueron a parar a Egipto, y allí sufrieron esclavitud por muchos años, pero también se multiplicaron como una gran nación. Al ser liberados por Dios de la mano del faraón, estos tenían el mandato divino de que al entrar en Canaán erradicarían el paganismo. La tierra prometida estaba habitada por pueblos derivados de Cam, hijo de Noé, que eran idólatras, sanguinarios y perversos: los jebuseos, amorreos, heveos, gergeseos y otros. (Deuteronomio 7:1-11, y verso 16, y Deuteronomio 18:10-14). Dios ordenó destruir a esas naciones cananeas, debido a la maldad tan grande de estas (Deut. 9:1-5).

En todo el capítulo 1 de Jueces vemos cómo las tribus israelitas desobedecieron y no echaron ni destruyeron a todos los pueblos paganos como Dios ordenó, sino que en muchos casos los hicieron tributarios, (amor al dinero), cap 1, verso 28, y las consecuencias de esa desobediencia se anuncian en Jueces 2:1- 5. Dios se enoja y dice que Él tampoco echará a esos pueblos de allí, ni a los filisteos, sino que los dejará como tropezadero para Israel, y esto lo vemos hasta el día de hoy, pues los palestinos, hijos de los filisteos, están allí, en un conflicto sin solución, y muy doloroso para ambas partes.

 Mientras se hacen la guerra y atentados sangrientos, palestinos e israelíes negocian en busca de la paz,  pero no la encuentran,  porque la verdadera paz sólo puede venir de Jesucristo,  cuyo señorío ambos rechazan, pues los judíos no creen que Jesús sea su Mesías, mucho menos el Hijo de Dios, y  los palestinos, en su mayoría musulmanes, sólo tienen a Jesús como un profeta.

La Biblia dice: “El que cree en el Hijo de Dios tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

Los judíos creen que con sus ritualismos de la Ley de Moisés todo está bien con Dios, y suelen sentirse un pueblo socialmente y espiritualmente superior, por la elección divina, pero sin Cristo están aún bajo condenación. No obstante, su elección como nación sigue en pie, y el Señor tratará con ellos (Romanos 11:25-29).

Israel entregó a la Autoridad Nacional Palestina la autonomía sobre la Franja de Gaza y Cisjordania. Esta última está formada por los territorios de Judea y la antigua Samaria. Es decir, que importantes ciudades bíblicas como Hebrón, donde reinó David por siete años,  y Belén, donde Jesús nació, están en manos de los palestinos, si bien Israel mantiene alrededor amplio control militar, en tanto continúa la disputa permanente por Jerusalén, que ambos reclaman como su capital.

La Tierra Prometida, que en el pasado unos llamaron Canaán, y otros después Palestina o Israel, fue dada por Dios a Israel, porque el Creador y Dueño de esa tierra así lo quiso: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Salmos 24:1). La dio a Israel para cumplir su promesa a Abraham (Génesis 17:8) y a su nieto Jacob (Génesis. 28:13), y también para hacer juicio contra las naciones idólatras cananeas (Deuteronomio 9: 4 y 5).

Pero más que pelear por cosas materiales o por una porción de tierra, debemos buscar y anhelar la entrada en la Patria Celestial (Hebreos 11:8-16).

Nosotros debemos orar con amor por ambos pueblos, pues Dios los ama; no fanatizarnos tomando partido por uno u otro, sino mirándolos como lo hace Jesús: con compasión. El Dios Viviente que salvó a Ismael en el desierto (Gén.21: 13-21) también quiere tratar con sus descendientes, sean palestinos o de otros pueblos árabes. Ambas partes necesitan reconocer a Cristo como lo que es: El Hijo de Dios y el Salvador. Estamos bajo la dispensación de la gracia, un tiempo de amnistía, en el que Dios regala el perdón a todo el que se arrepiente de pecado. El Señor desea impartir salvación “a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6), y esto incluye, por supuesto, a los palestinos y a todos los pueblos árabes.

La Biblia dice en Hechos 17:30-31:

   “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia (la idolatría), ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón (Jesús) al cual designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”. 

Judíos y palestinos necesitan saber del amor de Jesús el Mesías, pero también de un temible juicio divino que vendrá contra los que no creen en el Hijo de Dios. Tenemos que decirles a ambas partes que sin Jesucristo, nadie puede ser salvo, ni hallar la paz: ni judíos, ni árabes… ni cubanos. ¡nadie! 

Por: Gretel Heredia