HISTORIAS DETRÁS DE NUESTROS HIMNOS

himno

Un soleado día de 1885 el pastor y legislador sueco Carl Boberg (1859-1940) regresaba de una reunión cuando fue alcanzado por una tormenta repentina en pleno campo. Al refugiarse entre unos árboles, él estuvo meditando en la grandeza de Dios, y así nació “Cuán grande es Él”, un cántico que nos llena de regocijo cada vez que lo entonamos. Fue traducido al alemán en 1907 y luego llevado a Rusia en 1912. El misionero inglés Stuart Hine lo tradujo a su idioma en 1948, y 10 años más tarde fue llevado al español por un hermano argentino.

Boberg publicó más de 60 poemas e himnos, y también ayudó a compilar los dos primeros himnarios de la iglesia sueca, pero su obra más famosa es, sin duda, “Cuán grande es Él”. La primera y tercera estrofas se basan en su himno original, la segunda nació en Rusia, y la cuarta en Inglaterra, de la mano de Stuart Hine. Hoy, 130 años después, se sigue cantando este hermoso himno “multinacional” en numerosos países y lenguas.

Otra anécdota cuenta que un pastor llamado Robert Scott viajó a la India con el deseo de predicar el evangelio en zonas atrasadas de ese país. En cierto lugar se vio de pronto rodeado por guerreros que le apuntaban con lanzas y flechas. Ante el peligro, sólo se le ocurrió tomar su violín, tocar y cantar una alabanza a Dios. Cuando terminaba, notó que los nativos habían bajado sus armas y lo escuchaban con mucha atención. Luego lo recibieron amistosamente, y muchos aceptaron a Jesús como su Salvador. Y todo, gracias a una melodía compuesta hace más de 200 años, que fue entonada para Dios con todo el corazón, y que aún hoy nosotros cantamos: “Loores dad a Cristo el Rey”.

Pero no todos nuestros himnos tienen una historia feliz. Detrás de muchos cánticos se encuentran siervos de Dios que irrigaron con sus lágrimas la viña, y cuyas poderosas composiciones nacieron del dolor y hasta de la muerte. Una de ellas es “Hay un Canto Nuevo en mi Ser”, que nació de una fe genuina en medio del dolor más profundo.

El joven predicador Luther Bridgers (1884-1948) llegó con su familia a casa de sus suegros, pues iba a predicar en una campaña evangelística en ese pueblo. La reunión familiar fue gozosa, y sus hijos jugaron felices con los abuelos. En la medianoche, la casa fue consumida por un fuego, y a pesar de muchos esfuerzos, solo salieron con vida Bridgers y sus suegros. Murieron su esposa y sus tres niños. Sin poder comprender ese horror, este hombre se aferró, no obstante, a las firmes promesas del Dios Todopoderoso, quien le regaló este y otros himnos. Bridgers también pudo servir al Señor como misionero en Bélgica, Checoslovaquia y Rusia.

Otra composición con una historia impactante es “Yo cantaré de mi Jesucristo”. Su autor, el músico Philip Bliss, viajaba en ferrocarril hacia Chicago con su esposa en 1876. Al pasar sobre un puente, éste se desplomó y arrojó a los pasajeros al abismo. Bliss logró salir por una ventanilla, pero retornó al carro que ya se consumía por el fuego, para rescatar a su esposa. Ambos perecieron, junto con otras 100 personas. En ese viaje él había escrito el himno “Yo cantaré de mi Jesucristo”, obra que fue rescatada de entre los escombros. Solo tenía 38 años cuando escribió este último himno, cuyo mensaje ha impactado a miles de vidas durante más de un siglo.

Todos estos himnos son preciosos legados para la gloria de Dios y para edificación y disfrute de su pueblo.