CREMAR O NO CREMAR: ESA NO ES LA CUESTIÓN

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El tema de las cremaciones es de gran actualidad. Pero esta es solo una de las muchas prácticas funerarias que por siglos han tenido los pueblos, algunas de las cuales resultan escalofriantes.

Por ejemplo, los aborígenes yanomami, de Sudamérica, practicantes del chamanismo o invocación de espíritus, no sepultan a sus muertos; se los comen. En un rito, un mes después de la muerte y cremación, los parientes engullen las cenizas del difunto mezcladas con un puré de plátano y de la fruta de la palma chonta. Ellos creen que en los huesos está la energía vital, y que al comer las cenizas, esa fuerza vuelve a la familia.
Otro pueblo originario, y de similares creencias, los bororos de la Amazonia, llamados también coroados, son conocidos no solo por los dibujos sobre su piel, sino también por colorear los huesos de los muertos antes de sepultarlos.

Entre los antiguos de esa etnia, los ancianos que se sentían inútiles pedían a un hijo que los ahogara en una charca, y luego, el cadáver se maceraba (y aún hoy lo hacen), para “limpiar” los huesos, pintarlos y darles sepultura.
¿Y qué decir de los llamados funerales celestes del Tíbet? En esa región autónoma china, situada a unos 4.900 metros sobre el nivel del mar, un monje budista corta en pedazos los cadáveres para darlos de comer a los buitres “sagrados”. Cuando solo quedan los huesos, el monje los tritura y mezcla con harina, y los carroñeros concluyen su faena. Esto se hace en presencia de los dolientes, y se considera el último acto de generosidad del fallecido, al entregar su cuerpo para alimentar a otras criaturas, y así -dicen ellos- no se desperdicia. Pero en realidad lo hacen porque los budistas tibetanos creen que solo cuando las aves terminan de comer, el alma sube al cielo. Ellos necesitan saber que Jesucristo es el único Camino al cielo.

En el Egipto antiguo, los sacerdotes –también paganos- eran más “considerados” con sus reyes y nobles: solo trepanaban el cráneo, lo vaciaban, y también extraían las vísceras, y los conservaban en unos vasos especiales.

Luego, el cadáver era embalsamado para preservarlo, como parte de su cosmovisión y su idea errada sobre la resurrección.

Los pueblos originarios de Escandinavia, conocidos como vikingos, incineraban a sus muertos sobre las aguas, a bordo de una barcaza funeraria.

A lo largo de la historia, los creyentes del Señor han tenido todos estos  “funerales”. Por ejemplo, Jacob fue embalsamado en Egipto para poder trasladarlo y sepultarlo en Canaán (Génesis 50:2-5). Su hijo José también fue embalsamado, a la usanza (pagana) de los faraones, pero con un propósito sano: preservar igualmente sus restos y luego llevarlos a la tierra prometida (Génesis 50:26). Pero otros no tuvieron su misma suerte.
Muchos siervos de Dios no fueron devorados por buitres en el Tíbet, pero sí por fieras en el circo romano; otros sirvieron de antorchas vivas para iluminar a Roma, es decir, fueron quemados…vivos: no fueron sepultados. En décadas recientes, unos cuantos misioneros cristianos han sido comidos por caníbales, y otros, descuartizados y arrojados al mar en el sudeste asiático. Muchos cristianos son hoy crucificados, degollados o ahorcados por extremistas islámicos, y sus cuerpos a veces ni aparecen. Y surge la pregunta: ¿Debe preocuparnos que estos hermanos no fueran debidamente sepultados, y por tanto, no habrá un cuerpo que resucite al sonido de la Trompeta de Dios?

“Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?” (1 Corintios 15:35). Esto no debe inquietarnos. La misma palabra de Dios nos dice, por ejemplo, que el mar devolverá a sus muertos (esos mismos que fueron devorados por tiburones y otros predadores marinos, o que simplemente se pudrieron y desaparecieron bajo el agua). Lo mismo ocurrirá en tierra. Recordemos que para Dios nada es imposible. Ya sea que nos quemen, nos arrojen a los leones o al mar, Cristo nos va a resucitar; Él sabrá cómo hacerlo. Él lo prometió y lo hará.
Sobre la cremación, varios hermanos consultados no consideran pecaminosa la incineración voluntaria, que solo busca acelerar el paso del polvo al polvo, si bien puntualizan que las cenizas deben ser sepultadas o colocadas en el osario, no guardadas en casa como reliquia, y mucho menos arrojadas al río o al mar, porque eso sí es una práctica pagana, propia del hinduismo.

Los encuestados opinan que el pecado sería quemar un cadáver por odio, o para desaparecerlo. En Amós 2:1 vemos un caso de este tipo: los hombres de Moab quemaron los huesos del rey de Edom hasta calcinarlos (y se infiere que lo hicieron con maldad).

La Palabra de Dios no impide la cremación, y sabemos que cuando Dios prohíbe algo, habla claro, preciso y definitivo, y en muchos casos “firma” la interdicción de manera contundente: “Yo Jehová”.  

“La Biblia no dice que la cremación sea permitida ni prohibida. Esto queda en el plano de las libertades individuales de cada creyente y de la comunidad cristiana a la que pertenece.

 “La incineración no es determinante para la resurrección del cuerpo, y menos para la salvación. Si Dios hizo el cuerpo del polvo, va a resucitar los huesos muertos, o va a levantarlo del polvo esparcido o guardado; en definitiva, será un cuerpo de gloria incorruptible”, señala el pastor Raymundo Estenoz, de la Iglesia Bautista de Almendares, en La Habana, quien nos aconseja respetar el criterio de cada cual al respecto.

Si bien rechazamos rotundamente las prácticas funerarias paganas de los tibetanos, los aborígenes americanos y otras comunidades no alcanzadas por el evangelio, no podemos pensar que nuestra resurrección depende de la forma de sepultura o la conservación del cadáver, porque entonces creeríamos lo mismo que los faraones. Nuestra resurrección depende del poder de Dios, su fidelidad y su amor.

En países de Europa, África y Asia, ante grandes epidemias o masacres, ha sido necesario quemar cientos de cadáveres, por razones sanitarias. Quién sabe cuántos hijos de Dios estarían entre los incinerados.
El Pbro. Julio César Ramírez, de la Iglesia Bautista de Buenavista, de la capital, citaba criterios de quienes rechazan la incineración. Ellos dicen que el fuego es señal de ira divina, que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo y no debemos destruirlo, y que en algunos países es un proceder pagano. Pero en Cuba se realiza como una medida práctica, que agiliza un proceso extenuante y triste.

Entonces, si alguien desea ser cremado, sea por falta de panteón o porque quiere evitarle a su familia el dolor de la exhumación posterior, no debemos criticarle, ya que la Biblia, que es la autoridad final, no lo prohíbe.
Como colofón, la mayoría de los hermanos consultados opinó que lo esencial no es la forma de sepultura, si en tierra, mármol o cremados, sino que vivamos preparados para la partida: arrepentidos de pecados, limpios por la sangre de Jesús y obedientes a Dios.

“Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. (Romanos 10:9)

Por: Gretel Heredia